Acercarse a los 40

Acercarse a los cuarenta tiene sus bondades. Ahora, por ejemplo, cuando formo parte de un instante de felicidad soy más capaz de identificarlo, aunque sea a modo olfativo, táctil o miedoso. Ser feliz y dar las gracias por ello, o pedir perdón en un momento estupendo, o temblar de lo contenta que estás, también se convierte en amar. Luego, está el disfrute, el disfrute del arte contemporáneo de los noventa, del erotismo sonoro, de la lectura en voz alta, del ruido de fondo, del buen sabor. El disfrute de un cable en su madurez primera. La curiosidad se vuelve más reflexiva y la prisa su paciencia, mientras decides volver a errar antes de encontrar la pregunta. Eres más compasiva y el humor toma rasgos místicos, halloweenenses. Ya no soy capaz de negar lo indemostrable, de atravesar la caja sin pensar en nuestro vivir de Schrödinger. Cuando te arreglas, y te miras al espejo, y te peinas, no eres tan dura contigo misma, aunque a veces da miedo, buuu, gracias al dolor de piernas. A pesar de lo que ya no recuerdas. Prefieres los buenos jabones a las buenas colonias, las almendras a los ganchitos, el deseo a lo que no fue. Y, además, cuando te acercas a los cuarenta eres mayor para no morir joven y lo suficiente joven para no despedirte de todas, pero le sonríes al filtro. Y ya, ya no piensas en incondicional. Pero, lo mejor, lo más precioso de acercarse a los años cuarenta, a los cuarenta, es que la sencillez se abre camino en ti. ^—*_¡A continuación la poesía del día, de Pau Riba!

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