Romanticidio

Llevo dos días con anginas, la mayor parte del tiempo estirada en la cama con dos cojines en la espalda y un libro de Carolina Cutolo, un cojín de topos dorados y otro violeta. Aprovecho ahora que he tomado un café para escribir este post. Lo bueno de estar enferma sin llegar a tener fiebre es que puedo leer muchas horas seguidas sin sentir hambre, bebiendo zumos, y sin remordimientos de que todo lo demás esté hecho un desastre. El piso, mi vida amorosa, la falta de servilletas. El nórdico es lo único que importa más allá de las rodillas, hasta que pueda tragar algo sólido sin morir de dolor o estar de pie sin sentir que me caigo en la ducha. Y los cojines, y un lápiz para ir marcando esas partes del libro en las que la idea de amor se rompe y sigue. Obi está con mi madre, bien cuidado. Lo que más me gusta del tipo de literatura que propone Carolina Cutolo es la perversa inocencia con la que escribe sobre la amistad, el amor fugaz y esa línea tan fina entre la ficción y la realidad que define el hilo narrativo de la historia, dejando el argumento en un tercer y agradable plano. Sin moralejas. Porque ella escribe y escribe mientras yo la leo y la leo. Con ella me pasa como con Tao Lin. ¿Cómo explicarlo sin que parezca un desastre? Que siento que muero y, al terminar su libro, estoy viva. ^—*_¡A continuación la canción del día, de Tusla!

 

Canción del día:

 

 

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